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La política necesita volver a escuchar
Opinión
33 min de lectura

La política necesita volver a escuchar

La democracia necesita instituciones capaces de recibir la experiencia ciudadana, convertirla en decisiones públicas y explicar qué cambió —y por qué.

Ricardo Vargas Campos
Ricardo Vargas Campos

28 de agosto de 2026

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La democracia no se agota en depositar una boleta. También exige que las instituciones sepan recibir la experiencia de la gente, convertirla en decisiones y explicar con honestidad qué pueden hacer, qué no pueden hacer y por qué. Recuperar la escucha pública no es una cortesía de los gobernantes: es una condición de legitimidad.

La pregunta que nadie quiere responder

Ciudadanía reunida para escuchar y deliberar

La escucha pública comienza cuando las personas tienen un espacio real para ser oídas.

Hay una escena que se repite en casi todas las democracias contemporáneas. Durante la campaña, las calles se llenan de promesas, los candidatos visitan mercados, escuelas, colonias y comunidades, y las palabras «escuchar», «dialogar» y «estar cerca» aparecen en discursos, carteles y publicaciones digitales. Después de la elección, la conversación cambia. La ciudadanía deja de ser interlocutora y se convierte en audiencia; la audiencia, en estadística; y la estadística, en una cifra que se consulta antes de la siguiente elección. La política sigue hablando, pero cada vez escucha menos.

El problema no es que falten mensajes. Nunca habíamos estado expuestos a tantos discursos públicos, conferencias, transmisiones, entrevistas, comunicados, encuestas y comentarios de funcionarios. El problema es que la abundancia de comunicación puede ocultar la ausencia de conversación. Hablarle a la sociedad no equivale a hablar con ella. Publicar una respuesta no demuestra que se haya comprendido una demanda. Abrir un buzón digital no garantiza que la opinión recibida tenga alguna consecuencia. Una institución puede ser permanentemente visible y, al mismo tiempo, profundamente sorda.

En México, como en buena parte de América Latina, la crisis no se presenta únicamente como una falta de simpatía hacia los partidos o como una desconfianza personal hacia los políticos. Es una crisis más profunda: muchas personas no sienten que las instituciones traduzcan su experiencia en prioridades públicas. La inseguridad de una familia, el tiempo perdido en el transporte, la espera en un hospital, la falta de agua, el empleo precario, la violencia contra las mujeres, el abandono de una comunidad rural o la incertidumbre de un joven no siempre llegan al escritorio donde se decide el presupuesto. Y cuando llegan, con frecuencia lo hacen convertidos en un expediente que pierde su dimensión humana.

Escuchar es devolverle esa dimensión a la política. No basta con que el Estado sepa cuántas personas enfrentan un problema; tiene que comprender cómo se vive, quién lo padece de manera desproporcionada, qué soluciones ya intentó la comunidad y qué consecuencias no previstas podría producir una política. Los datos son indispensables, pero no hablan por sí solos. Necesitan preguntas, contexto y contacto con la vida real.

La tesis de este artículo es sencilla: la representación democrática sólo conserva legitimidad cuando mantiene abierto un circuito de ida y vuelta entre sociedad e instituciones. La gente expresa necesidades, desacuerdos y propuestas; las autoridades procesan esa información, deciden con criterios públicos y regresan a explicar resultados. Cuando ese circuito se rompe, queda una política de monólogo. Puede ganar elecciones, controlar mayorías o producir grandes anuncios, pero pierde la confianza que vuelve sostenible cualquier gobierno.

No estamos ante ciudadanos apáticos

Una de las explicaciones más cómodas para la distancia entre sociedad y política consiste en culpar a la ciudadanía. Se dice que la gente ya no se interesa, que sólo protesta, que no lee, que se informa mal o que prefiere el espectáculo a la deliberación. Hay algo de verdad en cada una de esas observaciones, pero usadas como explicación general terminan siendo una forma de evasión. La apatía puede existir; no explica, sin embargo, por qué tantas personas participan con intensidad cuando una causa toca su vida, su barrio, su familia o su dignidad.

La ciudadanía mexicana no es indiferente por naturaleza. La Encuesta Nacional de Cultura Cívica 2020, levantada por el INEGI en colaboración con el INE, encontró que 88.7% de la población de 15 años y más estaba de acuerdo en que para gobernar un país se necesita un gobierno donde todas las personas participen en la toma de decisiones. También registró que 69.2% consideraba tener los conocimientos y habilidades para participar en actividades políticas. Al mismo tiempo, 65.2% de quienes conocían o habían escuchado el concepto de democracia la consideraban preferible a cualquier otra forma de gobierno. Son cifras que no describen a una sociedad resignada, sino a una sociedad que conserva una aspiración democrática y una disposición potencial para involucrarse.

La misma encuesta mostró una tensión que debería preocupar a cualquier gobierno: 52.7% manifestó estar muy o algo satisfecha con la democracia que se tenía entonces en México, mientras 46.8% dijo estar poco o nada satisfecha. La democracia era preferida, pero no necesariamente estaba funcionando de manera convincente. Esa diferencia entre el valor de la democracia y la satisfacción con su desempeño es el espacio donde crece el desencanto. La gente no abandona una idea porque deje de creer en ella; puede abandonarla porque no ve que las instituciones la hagan realidad.

En otras palabras, el malestar ciudadano no equivale automáticamente a rechazo de la democracia. Muchas veces expresa una demanda de democracia más cercana, más eficaz y más respetuosa. La persona que se queja de un servicio público no está necesariamente pidiendo que desaparezca el Estado. La vecina que organiza a su colonia para exigir seguridad no está renunciando a la política; está señalando que la política institucional no llegó a tiempo. El trabajador que desconfía de una promesa no es enemigo del gobierno; está exigiendo que las palabras tengan relación con su experiencia.

La reacción correcta no debería ser calificar toda crítica como manipulación, desinformación o mala fe. Cuando una autoridad responde a una demanda social etiquetando a quienes la formulan, puede ganar una discusión momentánea, pero pierde información valiosa. El enojo es una señal imperfecta, no una política pública; aun así, contiene datos sobre el modo en que las personas perciben la realidad. Despreciarlo es renunciar a una fuente de diagnóstico.

También conviene dejar atrás la falsa oposición entre participación y capacidad de gobierno. Escuchar no significa entregar cada decisión a la presión del momento. Significa gobernar con más información y con mayor conciencia de las consecuencias. Una autoridad que escucha bien puede decir «no» con razones más sólidas, corregir un programa antes de que fracase, identificar una población que estaba quedando fuera y distinguir una demanda legítima de una solución equivocada. La escucha no debilita la decisión; la vuelve más inteligente.

La crisis tiene números y tiene rostros

Las encuestas no reemplazan la experiencia de la gente, pero ayudan a evitar que la opinión se base únicamente en anécdotas. Los datos disponibles muestran que la distancia entre instituciones y ciudadanía es un fenómeno amplio. La edición 2024 de Latinobarómetro reportó que la confianza promedio en los congresos o parlamentos de América Latina era de 24%, y que la confianza en los partidos políticos era todavía menor: 17%. En el caso mexicano, el mismo informe registró 30% de confianza en los partidos y 56% en la institución electoral, una diferencia reveladora. La sociedad puede valorar el mecanismo que organiza la competencia democrática y, al mismo tiempo, desconfiar de quienes compiten dentro de él.

La Encuesta de la OCDE sobre los motores de la confianza 2024 ofreció un retrato menos simple de México. En los datos levantados en 2023, 54% de las personas encuestadas reportó una confianza alta o moderadamente alta en el gobierno federal; la cifra estaba por encima del promedio de la OCDE. Sin embargo, los partidos políticos obtuvieron 33%, el Congreso 43% y sólo 45% consideró probable que el sistema político permitiera a personas como ellas tener algo que decir en lo que hace el gobierno. La propia OCDE señaló una brecha de 36 puntos porcentuales en la confianza hacia el gobierno entre quienes sentían que tenían voz y quienes no.

La lectura importante no es que el gobierno tenga o no tenga una cifra favorable en un momento determinado. Las mediciones de confianza pueden verse influidas por elecciones recientes, coyunturas económicas, liderazgos concretos o crisis particulares. La lección es otra: la percepción de ser escuchado está vinculada con la confianza. La ciudadanía no evalúa a las instituciones sólo por sus resultados finales; también evalúa la manera en que toma decisiones, si explica sus criterios, si trata con respeto a las personas y si reconoce los errores.

La edición más reciente de la encuesta de confianza de la OCDE, cuyos resultados se publicaron en 2026 con información recopilada en 2025, confirma el problema en una escala más amplia. En promedio, sólo 31% de las personas en los países de la OCDE considera que el sistema político permite que personas como ellas tengan algo que decir en las decisiones del gobierno, mientras 40% confía en su propia capacidad para participar en política. La cifra no significa que todas las democracias estén en la misma situación ni que las personas carezcan de voz formal; indica que el derecho de participación y la percepción de influencia no son lo mismo. Se puede votar y, aun así, sentir que nadie escucha lo que ocurre entre una elección y otra.

Para América Latina y el Caribe, la OCDE reportó en 2025 que aproximadamente una cuarta parte de la población consideraba que personas como ella tenían algo que decir en las decisiones del gobierno, y sólo 36% veía probable que el gobierno adoptara opiniones expresadas en una consulta pública. Son indicadores especialmente duros porque apuntan al corazón de la representación: no preguntan sólo si existe una institución, sino si la ciudadanía cree que su intervención puede cambiar algo.

Hablar mucho no es escuchar

La política contemporánea vive bajo una presión permanente de visibilidad. Cada funcionario tiene una cámara en el bolsillo, cada partido posee equipos de comunicación y cada controversia puede convertirse en tendencia. La rapidez produce la ilusión de cercanía: una respuesta inmediata parece más democrática que una respuesta razonada. Pero una democracia no se mide por la velocidad con que reacciona, sino por la calidad de la relación que construye.

La política de la visibilidad privilegia lo que puede mostrarse. Una inauguración tiene una fotografía; una reunión con especialistas puede no tenerla. Una cifra favorable cabe en un gráfico; la explicación de una política que requiere diez años parece menos atractiva. Una frase contundente se comparte miles de veces; la escucha paciente de una comunidad no siempre produce contenido. El resultado es un sesgo estructural: las instituciones comienzan a atender aquello que comunica mejor, no necesariamente aquello que importa más.

En ese ambiente, escuchar se vuelve difícil porque escuchar exige admitir complejidad. Una comunidad puede estar de acuerdo con el objetivo de una política y en desacuerdo con el método. Un vecino puede apoyar la seguridad y oponerse a una estrategia que afecte derechos. Una organización puede denunciar un daño real y, al mismo tiempo, proponer una solución inviable. La realidad no cabe bien en consignas. Cuando el poder sólo presta atención a las voces que confirman su relato, pierde la posibilidad de gobernar conflictos reales.

También se confunde la escucha con el monitoreo. Revisar tendencias, medir menciones, clasificar comentarios y observar encuestas puede ser útil, pero no equivale a comprender. El monitoreo identifica volumen; la escucha identifica sentido. Diez mil mensajes en contra pueden representar una preocupación legítima, una campaña coordinada o una mezcla de ambas cosas. La respuesta responsable no consiste en ignorar el volumen ni en obedecerlo automáticamente, sino en investigar qué problema está expresando, quiénes son sus afectados y qué evidencia puede confirmarlo.

La comunicación pública debe recuperar una función menos propagandística y más pedagógica. Informar no es sólo anunciar logros. Es explicar costos, límites, riesgos, alternativas y plazos. Es reconocer qué parte de una decisión responde a la demanda ciudadana y cuál obedece a una obligación legal, una restricción presupuestaria o una evidencia técnica. Cuando la autoridad hace explícito su razonamiento, incluso quienes no comparten el resultado pueden reconocer que hubo un proceso legítimo.

El voto es indispensable, pero no suficiente

El voto sigue siendo el mecanismo central de la democracia representativa. Permite elegir, castigar, premiar y transferir pacíficamente el poder. Sería un error menospreciarlo en nombre de formas participativas que no tienen la misma universalidad ni la misma fuerza jurídica. Pero también sería un error reducir toda la participación a la jornada electoral.

El Informe País 2020 sobre la democracia en México documentó precisamente esa tensión. La participación política incluye votar, pero también organizarse, deliberar, presentar peticiones, participar en asociaciones, exigir cuentas, intervenir en consultas y construir soluciones colectivas. Cuando el voto se convierte en el único momento en que la sociedad puede hablar, la representación se vuelve intermitente. Los ciudadanos entregan una decisión cada cierto número de años y luego quedan a merced de instituciones que no siempre tienen canales efectivos para recibir sus observaciones.

International IDEA ha advertido, en The Global State of Democracy 2024, que la participación electoral promedio mundial disminuyó de 65.2% de la población en edad de votar en 2008 a 55.5% en 2023. La propia organización distingue el problema de la participación del problema de la representación: aun cuando las sociedades siguen involucrándose de diversas formas, las instituciones representativas pueden deteriorarse. Es una distinción importante. No todo abstencionismo es apatía; a veces es una forma de desconfianza, una señal de que la oferta política no logra conectar con las preocupaciones de la vida cotidiana.

La OCDE ha estudiado procesos de asambleas ciudadanas, jurados, paneles y otras formas de deliberación en las que grupos de personas seleccionadas de manera representativa reciben información, escuchan perspectivas distintas y formulan recomendaciones. Su conclusión no es que estos mecanismos sustituyan al Congreso o al gobierno, sino que pueden complementar la democracia representativa, especialmente en problemas complejos que requieren acuerdos y sacrificios. La participación de calidad no elimina la responsabilidad de decidir; ayuda a que la decisión sea más informada y legítima.

Una democracia que escucha no pregunta «¿qué quiere la gente?» como si existiera una respuesta única, instantánea y homogénea. Pregunta: ¿qué experiencias están siendo ignoradas?, ¿qué valores entran en conflicto?, ¿qué consecuencias son aceptables y para quién?, ¿qué información falta?, ¿quién no está en la mesa?, ¿qué compromisos pueden sostenerse más allá del ciclo electoral? Esas preguntas no producen eslóganes, pero producen ciudadanía.

Escuchar no es complacer

Otra objeción frecuente sostiene que escuchar a la ciudadanía conduce al populismo, a la improvisación o al gobierno por encuesta. El riesgo existe si se confunde toda expresión pública con una instrucción inmediata. Pero la solución no es cerrar los oídos. Es desarrollar mejores capacidades para interpretar, deliberar y decidir.

Escuchar de verdad incluye la posibilidad de no conceder. Una autoridad responsable puede recibir una demanda, reconocer su legitimidad y explicar que la solución propuesta causaría daños mayores. Puede decir que no hay recursos suficientes este año, pero presentar un calendario y criterios de priorización. Puede aceptar que una obra es necesaria y modificar su diseño para reducir impactos. Puede rechazar un planteamiento que discrimina, aunque sea popular. El deber de escuchar no elimina el deber de proteger derechos ni el deber de pensar en el largo plazo.

Lo que vuelve legítimo un «no» es la calidad del proceso que lo precede. Un rechazo inexplicado se percibe como desprecio. Un rechazo argumentado, acompañado de datos, alternativas y mecanismos de revisión, puede ser aceptado incluso por quienes preferían otra respuesta. La ciudadanía no exige que todas sus propuestas se aprueben; exige que no sean descartadas sin ser comprendidas.

Aquí aparece una diferencia decisiva entre el liderazgo democrático y el autoritarismo. El autoritarismo decide sin escuchar porque cree que el poder le permite hacerlo. El populismo escucha sólo a quienes puede convertir en pueblo propio y descalifica al resto. El liderazgo democrático escucha incluso cuando la voz recibida complica su relato. No busca unanimidad; busca una decisión que pueda justificarse ante personas con intereses y convicciones diferentes.

La escucha también tiene límites éticos. No se puede colocar en el mismo plano una evidencia científica y un rumor; una petición ciudadana y una amenaza; una crítica legítima y un discurso de odio. La apertura democrática no consiste en suspender el criterio. Consiste en aplicar criterios públicos, comprobables y no selectivos. Si una autoridad convoca a participar, debe explicar de antemano cómo se valorarán las aportaciones y qué temas quedan fuera por razones jurídicas, presupuestarias o de derechos humanos.

En este sentido, la política necesita menos promesas de obediencia y más compromisos de trazabilidad. La trazabilidad permite seguir el recorrido de una idea: quién la presentó, qué evidencia la respalda, qué áreas la revisaron, qué cambios produjo y por qué fue aceptada o rechazada. Sin ese recorrido, la participación se vuelve opaca. Con él, la ciudadanía puede evaluar no sólo el resultado, sino la seriedad del procedimiento.

La escucha como capacidad de gobierno

Un puente que conecta los barrios con las instituciones públicas

La confianza crece cuando la experiencia llega a las decisiones públicas.

En una conversación pública madura, escuchar no es una actividad separada de la administración. Es una capacidad central de gobierno. Las políticas fracasan no sólo por falta de presupuesto o de voluntad, sino porque fueron diseñadas con una comprensión incompleta del problema. Quienes viven una situación suelen conocer obstáculos que no aparecen en un diagnóstico elaborado desde una oficina.

Pensemos en un programa social. Los funcionarios pueden identificar a la población objetivo y establecer requisitos razonables en el papel. Sin embargo, una escucha cercana puede mostrar que el trámite exige trasladarse varias horas, que la documentación no existe para personas desplazadas, que la plataforma digital no es accesible, que el horario de atención excluye a quienes trabajan o que el lenguaje administrativo resulta incomprensible. Esos detalles no son anécdotas menores: determinan quién recibe el beneficio y quién queda fuera.

Lo mismo ocurre con la seguridad. Una comunidad no sólo pide más patrullas. Puede señalar zonas donde la iluminación deficiente facilita delitos, rutas que las mujeres evitan, horarios en que el transporte deja de ser confiable, conflictos entre grupos o abusos que no se denuncian por miedo. Si la autoridad escucha únicamente la palabra «seguridad» y responde con una medida uniforme, ignora la inteligencia situada de quienes conocen el territorio.

La escucha debe integrarse a todo el ciclo de la política pública. Primero, en el diagnóstico: antes de nombrar un problema, hay que comprobar cómo lo describen quienes lo viven. Después, en el diseño: las personas afectadas deben participar en la identificación de alternativas, no sólo ser informadas de una decisión ya tomada. Durante la implementación, se necesitan canales de queja que no castiguen a quien los usa. Finalmente, en la evaluación, la satisfacción de los usuarios debe combinarse con indicadores de resultados y con un análisis de quiénes quedaron excluidos.

La OCDE ha encontrado que la satisfacción con los servicios administrativos está asociada con una mayor confianza en la función pública y que, para el gobierno local, la percepción de poder opinar sobre decisiones que afectan a la comunidad es un factor especialmente importante. La relación es lógica: las personas forman su juicio sobre el Estado en encuentros concretos. Un trámite, una escuela, una clínica, una patrulla y una oficina municipal son pequeñas puertas de entrada a la vida pública. Cada una puede confirmar que la institución existe para servir o que existe para complicar.

Por eso no es suficiente con crear grandes mecanismos nacionales de participación si las instituciones cotidianas siguen siendo inaccesibles. La escucha empieza en el mostrador, en la línea telefónica que responde, en la ventanilla que explica, en el servidor público que no humilla, en el portal que permite conocer el estado de una solicitud y en la autoridad que vuelve a la comunidad para informar qué ocurrió. La confianza se construye en una escala humana.

La política que escucha se atreve a medir lo que cambia

Si escuchar quiere convertirse en una práctica institucional, debe dejar de ser una palabra ornamental en los planes de gobierno. Necesita indicadores. No sólo cuántas reuniones se realizaron, cuántas personas asistieron o cuántos comentarios se recibieron, sino qué aportaciones fueron incorporadas, qué grupos estuvieron ausentes, cuánto tiempo tomó responder, qué compromisos se cumplieron y qué ajustes se hicieron.

Medir la escucha puede parecer burocrático, pero protege a la participación contra el teatro. También permite aprender. Una consulta con baja participación puede revelar que la convocatoria fue confusa, que el horario era imposible o que la comunidad no creía que su opinión tuviera consecuencias. Una consulta con mucha participación puede mostrar problemas de representación si sólo participaron organizaciones con recursos y tiempo. La calidad se evalúa por la inclusión, la deliberación y el impacto, no por el número de fotografías.

Las instituciones deberían publicar un registro sencillo de compromisos públicos. Cada compromiso tendría una descripción, un responsable, una fecha, un presupuesto aproximado, un indicador de avance y una explicación de los obstáculos. El registro tendría que distinguir entre una promesa política, una obligación legal, una meta administrativa y una propuesta ciudadana. Así se evitaría una de las formas más frecuentes de desconfianza: que la autoridad mezcle anuncio, intención y resultado como si fueran la misma cosa.

También deberían existir mecanismos de respuesta diferenciada. Una persona que presenta una queja necesita saber si fue recibida, quién la está revisando y en qué plazo tendrá respuesta. Una comunidad que participa en el diseño de una obra necesita conocer qué elementos de su propuesta fueron considerados. Una organización que aporta evidencia debe recibir una contestación técnica, no un agradecimiento genérico. La respuesta no tiene que ser favorable para ser respetuosa; tiene que ser específica.

La transparencia debe incluir los desacuerdos. Si un consejo técnico recomienda una opción y el gobierno elige otra, hay que decirlo. Si la consulta ciudadana revela posiciones divididas, hay que mostrar esa división, no presentar un falso consenso. Si una medida debe corregirse, reconocerlo temprano puede evitar un costo mayor. La política que nunca admite dudas obliga a la ciudadanía a sospechar que las dudas se están ocultando.

Esta cultura de medición no debe convertirse en una obsesión por reducir lo humano a indicadores. La escucha también tiene una dimensión cualitativa: el tono de una reunión, la posibilidad de hablar sin intimidación, el reconocimiento de una experiencia, la presencia de grupos que suelen ser interrumpidos. Pero registrar esos elementos mediante relatorías, testimonios y evaluaciones independientes ayuda a que no dependan de la memoria o de la buena voluntad de un funcionario.

El municipio como primera escuela democrática

La discusión sobre la escucha suele concentrarse en la presidencia, el Congreso o los grandes partidos. Sin embargo, el nivel local ofrece el terreno más fértil para recuperar la relación entre ciudadanía e instituciones. El municipio está cerca de los problemas, aunque no siempre esté cerca de las personas. Una calle sin iluminación, una fuga de agua, un mercado inseguro, un parque abandonado o una ruta de transporte tienen una geografía concreta. Esa concreción permite conversar sobre causas, prioridades y soluciones verificables.

La escala local no es una solución mágica. Los municipios enfrentan limitaciones presupuestarias, capacidades técnicas desiguales, presiones políticas y, en algunos territorios, riesgos de violencia. Precisamente por eso necesitan mejores mecanismos de escucha. Cuando los recursos son escasos, decidir qué se atiende primero requiere criterios explícitos y participación informada. De lo contrario, la distribución puede parecer arbitraria o capturada por grupos con más influencia.

Un ayuntamiento que escucha podría organizar recorridos públicos de diagnóstico, publicar mapas de problemas, convocar mesas vecinales con reglas de representación, reservar espacios para jóvenes y personas con discapacidad, y responder por escrito a cada zona. Podría combinar presupuesto participativo con información clara sobre costos y competencias. Podría evaluar no sólo si una obra se inauguró, sino si resolvió el problema que la comunidad describió.

La escucha local también puede reconstruir confianza interpersonal. La ENCUCI 2020 encontró que la confianza era mayor hacia personas conocidas que hacia la mayoría de quienes viven en la colonia o localidad. Esa diferencia indica que la comunidad no es un hecho automático; se construye mediante experiencias de cooperación. Un espacio público donde vecinos y autoridad resuelven una necesidad concreta puede enseñar que el desacuerdo no impide colaborar.

Para que eso funcione, los gobiernos locales deben evitar dos tentaciones. La primera es convertir la participación en una red clientelar donde sólo se escucha a quienes ofrecen apoyo político. La segunda es organizar reuniones sin poder real, donde la ciudadanía expresa frustración pero nadie puede decidir ni explicar. La participación local necesita reglas públicas, padrones abiertos cuando corresponda, actas, criterios de prioridad y mecanismos para evitar que una sola organización hable en nombre de todo el barrio.

En los territorios indígenas y comunitarios, escuchar exige además respetar formas propias de organización, lengua, tiempos y autoridades. No se puede llamar diálogo a una reunión improvisada, en un idioma que no todos comprenden, con información incompleta y con una decisión ya irreversible. La consulta debe ser de buena fe, culturalmente adecuada y vinculada con la posibilidad real de influir. De lo contrario, el Estado convierte la participación en un trámite que produce más desconfianza.

Los partidos deben dejar de hablar sólo con los suyos

Los partidos políticos son indispensables para organizar la competencia, agregar intereses y formar gobiernos. Pero no pueden esperar recuperar credibilidad si aparecen ante la sociedad únicamente durante las campañas. Latinobarómetro encontró en 2024 que los partidos eran la institución democrática con menor confianza promedio en la región. No es difícil entender por qué: muchas personas los perciben como estructuras cerradas, más preocupadas por sus conflictos internos, sus candidaturas y sus cuotas que por representar una conversación social amplia.

La renovación partidista no consiste sólo en cambiar logotipos o incorporar figuras jóvenes. Requiere modificar la forma de construir agendas. Un partido que escucha debería tener procesos permanentes para recoger problemas, pero también escuelas de deliberación donde sus militantes y simpatizantes puedan discutir evidencia, costos y alternativas. Debería publicar cómo una propuesta ciudadana se convirtió en iniciativa, qué modificaciones sufrió y quién la defendió. Debería reconocer cuando una demanda no puede ser atendida o cuando una promesa electoral dejó de ser viable.

También debe escuchar a quienes no votan por él. La representación no es propiedad del ganador. Un gobierno surgido de una mayoría electoral tiene la obligación de atender a toda la población, incluida la oposición, las minorías, los territorios que no le dieron apoyo y los grupos que no participan en partidos. El poder democrático se legitima cuando ofrece derechos y servicios sin exigir adhesión.

La oposición, por su parte, no puede reducir su tarea a negar todo lo que hace el gobierno. Escuchar a la sociedad implica presentar alternativas viables, acompañar denuncias con evidencia y aceptar que una buena política puede provenir de otro partido. La crítica que sólo busca humillar puede movilizar a los propios, pero no construye confianza pública. En una democracia, la oposición también debe demostrar que sabe gobernar y que está dispuesta a dialogar sin renunciar a sus principios.

Los parlamentos tienen una responsabilidad particular. Una comisión no debería ser una sala de declaraciones, sino un lugar donde la evidencia y los testimonios puedan modificar un proyecto. Las audiencias públicas deben ser accesibles y sus conclusiones deben tener seguimiento. El Congreso tiene que explicar no sólo qué aprobó, sino qué argumentos consideró, qué reservas recibió y cómo evaluará la ley. La representación parlamentaria se vuelve real cuando el ciudadano puede identificar un camino entre su problema y la norma que lo afecta.

La prensa y la ciudadanía también deben aprender a escuchar

No toda la responsabilidad recae en los gobiernos. La conversación pública es una tarea compartida por instituciones, medios, organizaciones, universidades y ciudadanía. Si exigimos que la política escuche, también debemos preguntarnos si la sociedad está dispuesta a escuchar a quienes no piensa igual, a revisar información que contradice sus preferencias y a aceptar que un problema puede tener varias causas.

La prensa cumple una función decisiva. El periodismo puede ayudar a conectar decisiones con efectos concretos, explicar presupuestos, verificar promesas y dar espacio a voces que no suelen aparecer en la agenda. Pero también puede caer en la lógica de la velocidad y del conflicto permanente. Una democracia que sólo recibe noticias sobre declaraciones, escándalos y encuestas pierde la capacidad de comprender políticas públicas. El periodismo que escucha investiga qué ocurre después del anuncio y vuelve al territorio cuando la cámara ya se fue.

Las universidades y organizaciones civiles pueden contribuir a traducir evidencia, facilitar deliberaciones y evaluar programas sin convertirse en extensiones de los partidos. Su independencia no significa neutralidad frente a los derechos, sino rigor en la forma de producir y presentar información. La ciudadanía necesita espacios donde pueda aprender, preguntar y cambiar de opinión sin ser castigada por ello.

Las plataformas digitales, por su parte, no deben considerarse un sustituto de las instituciones. Una encuesta en línea puede ampliar voces, pero no representa automáticamente a toda la población. Un comentario viral no es un mandato. Un espacio digital que no explica cómo se procesan las aportaciones puede aumentar la frustración en lugar de reducirla. La tecnología puede facilitar la participación, pero no elimina la necesidad de inclusión, moderación, seguridad, privacidad y devolución.

Siete compromisos para una política que escucha

Si la idea de escuchar ha de pasar de la retórica a la práctica, propongo al menos siete compromisos.

1. Preguntar antes de prometer

Antes de anunciar una política, las autoridades y los partidos deberían publicar un diagnóstico que incluya la experiencia de las personas afectadas. No se trata de retrasar toda decisión hasta conseguir unanimidad, sino de demostrar que el problema fue investigado desde varios ángulos. El diagnóstico debe mostrar quiénes padecen más la situación, qué soluciones se han probado, cuáles fueron sus resultados y qué información sigue faltando.

Una promesa política construida sin diagnóstico suele depender de una imagen del problema. Si la imagen es incompleta, la solución también. Preguntar antes de prometer reduce la tentación de ofrecer respuestas espectaculares para problemas que requieren paciencia y coordinación.

2. Diseñar con quienes vivirán las consecuencias

La participación debe ocurrir antes de cerrar el diseño. Los usuarios de un servicio, los trabajadores de una actividad regulada, las comunidades que recibirán una obra y los grupos que enfrentan riesgos específicos deben poder señalar obstáculos y proponer ajustes. Esto no significa que cada interés tenga derecho de veto; significa que cada decisión debe reconocer quién asumirá sus costos.

Diseñar con la gente exige información comprensible. No puede pedirse una opinión significativa sobre un proyecto que sólo se presenta en lenguaje técnico, con mapas ilegibles o sin alternativas. La autoridad tiene que explicar escenarios, costos, beneficios, riesgos y restricciones. Informar no es manipular la consulta; es hacer posible que la consulta sea real.

3. Responder con nombre, fecha y razón

Cada mecanismo participativo debe comprometer una devolución. ¿Qué se recibió? ¿Qué se incorporó? ¿Qué se rechazó? ¿Por qué? ¿Quién responde? ¿Cuándo se revisará? Estas preguntas deberían tener respuestas públicas. Si no existe una ruta de devolución, la participación genera expectativas que luego se convierten en frustración.

La devolución debe ser comprensible y no limitarse a un documento de cientos de páginas. Una institución puede publicar un informe técnico y, además, una síntesis en lenguaje claro, una base de datos abierta y sesiones de explicación. La transparencia no es sólo poner información en línea; es hacerla utilizable.

4. Proteger la pluralidad y a las voces vulnerables

Una reunión dominada por quienes tienen más tiempo, dinero, conexiones o seguridad para hablar no es necesariamente representativa. Los procesos de escucha deben considerar horarios, transporte, traducción, accesibilidad, cuidado de niñas y niños y protección frente a represalias. Deben buscar activamente a las personas que suelen quedar fuera: mujeres, jóvenes, personas con discapacidad, comunidades indígenas, población rural, trabajadores informales, migrantes y víctimas.

La inclusión no consiste en colocar a una persona simbólica en una mesa. Consiste en modificar las condiciones de la mesa para que pueda intervenir con libertad. Si una participación expone a alguien a violencia o a pérdida de empleo, la institución debe ofrecer medidas de protección y canales confidenciales cuando sean necesarios.

5. Escuchar con evidencia y con memoria

Cada consulta debería relacionarse con datos, evaluaciones y aprendizajes previos. La política pública no puede empezar desde cero cada vez que cambia un gobierno. Escuchar también es recordar: revisar qué se prometió, qué se intentó, qué funcionó y qué no. La memoria institucional evita que la ciudadanía tenga que repetir el mismo diagnóstico ante cada nueva administración.

La evidencia no debe utilizarse como un arma para cerrar la conversación. Un dato puede ser correcto y, aun así, no describir toda la experiencia. La tarea es integrar información cuantitativa, conocimiento técnico y saber local. Una política fuerte no teme a esa combinación; la necesita.

6. Evaluar después de actuar

La escucha no termina con la aprobación de un presupuesto ni con la inauguración de una obra. Después de implementar, la autoridad debe volver a preguntar si el problema disminuyó, quiénes quedaron fuera y qué efectos no previstos aparecieron. La evaluación debe admitir la posibilidad de corregir o cancelar una medida.

Corregir no es fracasar; fracasar es sostener una política dañina para proteger una imagen. Si un gobierno explica que una evaluación llevó a cambiar de estrategia, puede ganar credibilidad. La ciudadanía no espera perfección, pero sí aprendizaje.

7. Rendir cuentas sin convertir todo en propaganda

La rendición de cuentas debe separar resultados de anuncios. Una obra iniciada no es una obra terminada; una persona inscrita no es necesariamente una persona beneficiada; un presupuesto asignado no es un servicio recibido. La autoridad debe informar avances con la misma energía con que comunica éxitos, y debe reconocer retrasos, errores y responsabilidades.

Rendir cuentas significa aceptar preguntas difíciles. Significa permitir que órganos de control, periodistas, opositores, especialistas y ciudadanos revisen cifras y contratos. Significa no utilizar la participación como un escenario para fotografiar al poder, sino como una obligación de volver al público con respuestas.

Del monólogo a la relación

Recuperar la escucha no resolverá por sí sola la desigualdad, la violencia, la corrupción o la precariedad. Sería ingenuo pensar que una mejor conversación compensa la falta de capacidades, recursos y Estado de derecho. Pero también sería ingenuo creer que esos problemas pueden resolverse desde instituciones que no conocen cómo se viven o que no rinden cuentas a quienes los padecen.

La escucha no es una técnica de relaciones públicas. Es una forma de distribuir poder. Cuando una institución escucha, reconoce que el conocimiento no está concentrado en el gobierno. Reconoce que una persona sin cargo puede saber más sobre una ruta de transporte, una colonia, un río, una clínica o un trámite que el equipo que diseñó la política. Reconoce, además, que la dignidad exige algo más que recibir una prestación: exige poder explicar la propia situación y ser tomado en serio.

En América Latina, donde la desigualdad coloca a unas voces muy por encima de otras, escuchar tiene una dimensión de justicia. No todas las personas llegan a la mesa con la misma capacidad de hacerse oír. Quien tiene tiempo, educación, conexión digital y seguridad puede transformar una preocupación en un expediente. Quien vive al día puede no tener siquiera el tiempo para asistir a una reunión. Por eso la escucha pública no debe limitarse a abrir la puerta; debe ayudar a cruzarla a quienes históricamente quedaron fuera.

La política puede volver a escuchar si acepta tres verdades. La primera: ninguna mayoría electoral conoce por sí sola toda la realidad del país. La segunda: ninguna oposición puede representar a la ciudadanía únicamente desde la denuncia. La tercera: ninguna sociedad democrática puede exigir resultados sin participar también en la construcción de acuerdos y en la vigilancia del poder.

Escuchar es una práctica de humildad, pero no de debilidad. Requiere que el gobernante pueda decir «no sé», que el partido pueda revisar una propuesta, que el funcionario pueda reconocer un error y que el ciudadano pueda cambiar de opinión al conocer mejor las consecuencias. En una época que premia la seguridad escénica, esa humildad parece rara. Precisamente por eso es valiosa.

Conclusión: que la gente note que su voz dejó huella

La pregunta no es si los políticos hablan. Hablan mucho. La pregunta es si la ciudadanía puede identificar el camino entre lo que dijo y lo que finalmente ocurrió. ¿Puede una comunidad reconocer que su diagnóstico modificó una obra? ¿Puede un usuario saber que su queja mejoró un servicio? ¿Puede una organización explicar qué argumento fue considerado, aunque la decisión final no le favoreciera? ¿Puede un joven encontrar un espacio donde su participación no sea decorativa? Si la respuesta es negativa, la democracia está comunicando, pero no está escuchando.

Volver a escuchar exige cambiar hábitos, presupuestos y procedimientos. Exige menos consultas de apariencia y más procesos con consecuencias. Exige gobiernos que expliquen el razonamiento detrás de sus decisiones, partidos que trabajen fuera de la temporada electoral, congresos que deliberen de verdad, medios que sigan la historia más allá del anuncio y ciudadanos dispuestos a participar con información y responsabilidad.

La confianza no se ordena ni se decreta. Se reconstruye en actos repetidos de consistencia: preguntar y registrar, decidir y explicar, prometer y cumplir, equivocarse y corregir. Una institución empieza a ser confiable cuando la gente puede anticipar que será tratada con respeto, que su opinión será considerada y que recibirá una respuesta, aunque no obtenga todo lo que pidió.

La política necesita volver a escuchar porque una democracia sin escucha se convierte en una competencia de monólogos. Cada grupo habla para los suyos, cada autoridad defiende su versión, cada plataforma amplifica la indignación y cada elección reinicia la promesa de cercanía. La sociedad, mientras tanto, aprende a desconfiar.

Todavía es posible romper ese ciclo. No hace falta esperar una reforma grandiosa ni un líder salvador. Se puede empezar en una oficina municipal, en una comisión legislativa, en un partido, en un medio, en una escuela, en una colonia. Se puede empezar con una pregunta bien formulada y con el compromiso de volver con una respuesta. Se puede empezar reconociendo que escuchar no significa obedecer todo, sino tomar en serio a quienes vivirán las consecuencias de una decisión.

La democracia recuperará fuerza cuando la ciudadanía no sólo pueda hablar, sino cuando pueda notar que su voz dejó huella. Ese es el estándar. Y también es la tarea.

La memoria institucional convierte la experiencia en aprendizaje

Una democracia que escucha también recuerda, evalúa y aprende.

Referencias consultadas

  1. OCDE, OECD Survey on Drivers of Trust in Public Institutions 2026 Results.

  2. OCDE, Encuesta de la OCDE sobre los motores de la confianza 2024: México.

  3. OCDE, OECD Survey on Drivers of Trust in Public Institutions in Latin America and the Caribbean 2025 Results.

  4. Corporación Latinobarómetro, Informe Latinobarómetro 2024.

  5. INEGI e INE, Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI) 2020.

  6. INE y PNUD, Informe País 2020: el curso de la democracia en México.

  7. OCDE, Innovative Citizen Participation and New Democratic Institutions: Catching the Deliberative Wave.

  8. International IDEA, The Global State of Democracy 2024: Strengthening the Legitimacy of Elections in a Time of Radical Uncertainty.

  9. PNUD, In whom do we trust? Less in institutions and more in communities in LAC.

  10. PNUD, Rule of Law and Human Rights Global Programme — 2024 Annual Report.

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Ricardo Vargas Campos

Sobre el autor

Ricardo Vargas Campos

CEO de Arcadia by Inferent

Ricardo Vargas Campos es CEO de Arcadia by Inferent, donde diseña, construye y escala el futuro digital. Su trabajo integra diseño, tecnología, productos digitales y comunicación estratégica para convertir ideas complejas en experiencias útiles para organizaciones y comunidades. Escribe sobre democracia, instituciones públicas, tecnología y las consecuencias sociales de la innovación.

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